Primero se fue su olor, tan volátil que apenas permaneció el tiempo suficiente para emborrachar las primeras noches en vela. Poco más tardó en perder su rastro animado, que se alimentaba de hallar algún pelo en la almohada o un par de latas de cerveza en el frigorífico. Ya sólo quedaban las cosas – miles de cosas – que sin él volvían a ser solo eso; cosas. Qué más le daba a ella encontrarse una maquinilla de afeitar si no la encontraba mojada y oliendo a after-shave. ¿Y la ropa? ésa perdió cualquier vestigio conforme fue pasando del cesto de la ropa sucia a engrosar primorosa el armario, doblada y perfumada con Vernel, que si suya fue vete a saber cuándo, y lo mismo para vestir putas que santos.
Claro que también estaban las fotos, pero ésas eran estáticas. No como encontrar el bote del champú abierto y derramado y tener la sensación de que en cualquier momento aparecería tras la cortina de la ducha para esquivar con un par de muerdos sus regaños. Las fotos sólo lo inmortalizaban. Y ella lo buscaba mortal, aunque no muerto.
De él, lo que se dice de él, sólo esa espantosa urna fúnebre que adornaba la cómoda – o mejor dicho, lo que ésta contenía – y su voz algo impostada en el contestador. No estoy – decía – deja tu mensaje después de la señal.
Y era verdad; no estaba.