Sesenta y ocho.

Ausencia
 

Primero se fue su olor, tan volátil que apenas permaneció el tiempo suficiente para emborrachar las primeras noches en vela. Poco más tardó en perder su rastro animado, que se alimentaba de hallar algún pelo en la almohada o un par de latas de cerveza en el frigorífico. Ya sólo quedaban las cosas – miles de cosas – que sin él volvían a ser solo eso; cosas. Qué más le daba a ella encontrarse una maquinilla de afeitar si no la encontraba mojada y oliendo a after-shave. ¿Y la ropa? ésa perdió cualquier vestigio conforme fue pasando del cesto de la ropa sucia a engrosar primorosa el armario, doblada y perfumada con Vernel, que si suya fue vete a saber cuándo, y lo mismo para vestir putas que santos.

Claro que también estaban las fotos, pero ésas eran estáticas. No como encontrar el bote del champú abierto y derramado y tener la sensación de que en cualquier momento aparecería tras la cortina de la ducha para esquivar con un par de muerdos sus regaños. Las fotos sólo lo inmortalizaban. Y ella lo buscaba mortal, aunque no muerto.

De él, lo que se dice de él, sólo esa espantosa urna fúnebre que adornaba la cómoda – o mejor dicho, lo que ésta contenía – y su voz algo impostada en el contestador. No estoy – decía – deja tu mensaje después de la señal.

Y era verdad; no estaba.

 
 
Sonaba: Blanco sobre blanco, de Maga.
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Sesenta y siete.

ESCATOLOGÍA MODERNA.
 

Reconozcámoslo; nos encanta hablar de mierda. No hablo esta vez de forma metafórica. Lo digo literalmente: de mierda. Adoramos lo escatológico y nos recreamos en cualquier anécdota excrementicia. Raro es que no funcione en el cine el recurso de irse de bajo vientre para que las risas sean instantáneas en la sala. O si no, fíjense la próxima vez en cualquiera de estas comedias americanas de domingo; basta un par de ventosidades sonoras, una cara compungida y espasmos que ilustren los retortijones y ¡voile!, la carcajada. En lo que a inmundicias se refiere nos volvemos infantiles. Caca, culo, pedo, pis. Pierdo la cuenta de las veces que he contado la anécdota (real) de aquel albañil que tuvo un apretón en mitad de una obra y fue a obrar con tan mal tino que cayó el regalo en la parte superior de su mono de trabajo sin que éste se percatara, lo que, ya se imaginaran, tuvo un fatal desenlace a la hora de volver a vestirse. Grotesco. Y adoramos lo grotesco, por muchos mohines de asco que hagamos.

Viene esto a cuento de que este fin de semana ha llegado a mis manos la doble obra “Gracias y desgracias del ojo del culo, por Don Francisco de Quevedo, y Defensa del pedo, por Don Manuel Martí”. Y me he divertido comprobando que ya en el siglo XV hasta el ilustrísimo Quevedo, aquel cuya pluma engendró hábiles versos, se divertía con chascarrillos de letrina. Eso sí, ya quisieran muchos tener la pericia y el ingenio de estos dos señores para hablar del ojete. 

Y dicho esto, les dejo que disfruten de este bello estampado floral, que como ustedes comprenderán, no voy a poner una foto de una mierda.

 

Sonaba: Top drawer, de Man Man.

 

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Sesenta y seis.

La consulta.
 
Al principio eran sólo palabras. Lo normal, dirá usted. Pero no. Entiéndame, no es que yo quiera decir con esto que no sea normal articular palabra, no me tome por uno de esos chalados a los que hay que seguir la corriente. Yo es que las vomitaba. Las palabras, digo. Sé que es difícil de creer, pero venían a mi boca directamente del estómago. Así sin pasar por mi consciencia. No ocurría siempre, pero cuando pasaba yo me sentía mi propio oyente. Y no me desagradaba, vaya usted a pensar, que la mayoría de las veces quienquieraquehablara desde mi estómago tenía mejores cosas que decir que yo. No me crea vanidoso – ya le he dicho que el que hablaba no era realmente yo – pero era interesante escucharme.
Más tarde apareció el segundo síntoma, estando con aquella morena que me tenía loco. No voy a entrar en detalle, compréndame, soy un caballero, así que sólo diré que nos besábamos. Y no sé ni cómo ni de qué manera, se me empezó a llenar la boca de flores. Imagínese, flores. Hágase cargo del susto que se llevó la pobre. Encontrarse así de repente, en pleno arrebato, masticando pétalos. Podría decir que mi patología la espantó, pero para ser justos también tendría que confesar que fue ésta misma la que la trajo a mí, vomitando versos. Así que fifty-fifty. Lo comido por lo servido.
A partir de ese momento, aunque no siempre, empecé a vomitar otras cosas. ¿Me reía? Cerezas. ¿Silvaba? Serpentinas. ¿Suspiraba? Lo mismo un pañuelo blanco que un rosario, con todas sus cuentas. Pero el otro día, en uno de estos enfados que cualquiera se agarra el día que se le cruzan los cables, vomité una víbora. Y ahí sí me asusté, doctor. Me asusté de verdad. Una cosa es llenar la casa de flores y fruta, que tiene un pase, y otra muy distinta ir sembrando el jardín de bichos venenosos. Y por eso vengo. Aunque de sobra sé que lo que ahora garabatea en su cuaderno es cualquier sintomatología que pretende concluir en que estoy loco. Aunque sepa también que, en el caso remoto, remotísimo, de que creyera a pies juntillas lo que le digo, no tendría ni pajolera idea de lo que me pasa. Pero tengo miedo, y por eso vengo. ¿Lo entiende?

 

 
Sonaba: Duplexes of the dead, de The Fiery Furnaces.
 
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Sesenta y cinco.

clavelitos
 

Fue en la verbena del barrio de las Virtudes que Ceferino Claveles se creyó ebrio de amor por Juanita, la menor – y no por ello más hermosa – de las hijas del cerrajero, cuando lo que estaba era, efectivamente, ebrio, pero del licor que destilaba Marcelino el Tartaja con el alambique que le dejó su padre, que en paz descanse, y que sacaba un aguardiente que bien hacía honor a su nombre.

Quiso Ceferino, a fin de solventar el apretón en el reducido asiento de atrás del Renault 5 que por aquel entonces conducía, bailarle el agua a Juanita – que, otra cosa no, pero ganas de marido tenía para repartir al barrio entero – logrando a la undécima canción agarrada – Clavelitos era – que ésta gambeteara retozona hasta el coche mientras él tarareaba en su oído “yo te daré el cascabel, te lo prometo mocita, si tu me das de esa miel, que llevas en la boquita…”.

Apenas hubo desabrochado el sostén de la lozana Juanita cuando, vaya usted a saber a santo de qué, resolvió la ingesta alcohólica de forma inoportuna, quedando Ceferino sopa entre teta y teta de la despecheretada moza con tal rotundez que hasta ronquidos daba.

Ni que decir tiene que Juanita, con ademanes de despecho, poco tardó en ir con el cuento a unos y a otros – en los pueblos ya se sabe – condenando al hasta entonces Ceferino Puertas a escuchar lo que le restara de vida la misma cantinela, que decía; “clavelitos, clavelitos, clavelitos de mi corazón…

 

 
Sonaba: Clavelitos, versionada por Eskorzo.
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Sesenta y cuatro.

redes.
 
Cerca, muy cerca. Tan cerca que todo adquiere monstruosos tamaños logrando engañosa relevancia. Tu boca impar. Tu boca hipnótica. Dibujo con la mirada sus contornos, las caprichosas formas que rompen la aburrida simetría de la que se jactan los dioses y la convierten en carne, en labios, en dientes, en lengua. Tu boca imperfecta. Tu boca de perfectas irregularidades. La aíslo. La escindo de tí, de tus caricias, de la calidez de tu pecho, para darle entidad propia, vida fuera de ti. Tu boca y tú. Tu boca animada. Sólo tu boca. Me seduce. Lo mismo se me antoja fina seda a ungir con mimo en alcalina saliva, como al instante torna a suculento bocado, graso y jugoso, que espera ser tragado con gula. Tu boca entreabierta. Tu boca que entona en si bemol, adagio y pianíssimo, un bésame respirado en mi boca. Cerca, muy cerca, me seduce. Tu boca de niño. Tu boca de hombre. Me invitas, despacio, con la punta de tu lengua a beber de tu beso. Tu boca líquida. Tu boca dúctil. Dilato el momento bajo tu aliento. Quizá nunca te ame más que ahora, cerca, muy cerca, tan cerca de probar tu boca.

Sonaba: Big Calm, de Morcheeba.

 

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Sesenta y tres. Cumpleaños.

Los 29.
Los 29 no existen. Pasan camuflados bajo la amenaza de la treintena. Es una edad relegada al olvido a la que se ha rebautizado con el nombre de "casi-treinta". ¿Cuántos años tiene? Casi-treinta.
A los 29 has vivido un poquito de todo, pero no demasiadas veces; te has enamorado, has viajado, has perdido, has estudiado, has trabajado, te has emborrachado. Los nuevos talentos de la tele son ya más jóvenes que tú, la manida pregunta "¿qué quieres ser de mayor?" espera ya una respuesta y empieza a sonar más de la cuenta eso de "ya no tienes edad de…".

A los 29 eres de profesión mileurista, vocacional, explotada, inexperta, idealista. A los 29 te jode que te digan eso de "tú es que eres joven y todavía tienes romanticismo profesional. Ya se te pasará cuanto lleves unos añitos más trabajando". Y te jode porque, qué coño, claro que eres una romántica vocacional, claro que te creíste eso de la realización personal en el trabajo y claro que todavía conservas la esperanza de encontrar la tan anhelada satisfacción laboral.

A los 29 pierdes la intolerancia que tan impetuosa adolescencia te había impuesto y empiezas a disfrutar de artes que en su día calificaste como aburridas. Has encontrado un equilibrio perfecto entre calma y pasión que te lleva a paladear momentos.

A los 29 sigues intentando arreglar lo que se estropea a base de golpes, haciendo el tonto delante del espejo, pasando del manual de uso de cualquier aparato electrónico, automedicándote. Hay cosas que, por mucho que crezcas, nunca cambiarán.

Pues eso. Que ya tengo 29.

 

Sonaba: Let´s go osito, de El oso goloso.

 

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Sesenta y dos.

La  VIDA dormida

 

Imposible.

Cerró los ojos de nuevo, pero era irrecuperable.

Pocas veces había conseguido rescatar un sueño una vez despierto. Sólo en alguna extraña ocasión, cuando se había encontrado en un estado semiconsciente de duermevela, pudo prender de nuevo el hilo al quedarse otra vez dormido y volver a construir la ilusión en el justo instante en que lo había dejado. Pero eso no ocurrió esta vez.

Ahora se sentía extraño entre sus sábanas. Como si la vida que le hubiera pertenecido fuera esa, la del sueño, la que había sido suya hasta hace un instante cuando el grito de algún malnacido le había despertado. Mientras que la otra, la real, se le antojaba ajena.

Había sido tan vivaz que todavía recordaba el sabor de sus labios y su dulce voz. Las caricias y la erección que aún mantenía. No era un sueño húmedo como tantos otros antes, no. Se había enamorado. De hecho ahora mismo, desde la ingratitud de su cama vacía, seguía enamorado de aquella mujer que no recordaba conocer en su ajena vida real.

Metió la cabeza bajo la almohada y se volvió a concentrar en Ella, pero cuando los ruidos de la calle se empezaron a apoderar de él y empezó a tener noción del espacio, de su cama, de su cuarto, supo inmediatamente que Ella se había perdido para siempre en el limbo de los sueños irrecuperables.

 

 
Sonaba: Alone again or, versionada por Calexico.
 
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